Tuesday, February 21, 2023

CUANDO EL RÍO CALABAZAR SUENA...

CUANDO EL RÍO CALABAZAR SUENA...

Amador Hernández, que es escritor y vive del lado de acá del río Calabazar, está incómodo. La ficha que conocemos de este autor menciona hasta 2016 nueve títulos publicados y dos premios de los que a cualquiera le gustaría ganar; ha sido editado por Unión, Oriente, Cápiro, Extramuros y en dos o tres casas editoras de España y Estados Unidos. Está irritado Amador Hernández a causa de un libro cuya entrada a la imprenta ha sido colocada entre signos de interrogación, a pesar de que la obra, cuyo título y género no nos da a conocer, ha sido aprobada.

Vamos entendiendo a Amador Hernández, a pesar de que, al menos tres de sus títulos, han sido ungidos por el increíble milagro de la reedición: cada libro es parte de un diálogo con la existencia, la realidad, el país o el universo. No es únicamente una nueva línea en el currículo, ni su retribución material, aun aquella que permite al escritor “comprar” tiempo para la creación de su obra. Exponer, en cualquiera de los modos posibles, una visión del contexto general humano, iluminará a otros muchos y es el verdadero objeto por el cual el hombre y la mujer que escriben se desentienden a veces de unas cuantas amables rutinas que como seres humanos les corresponden, como a cualquiera.

Quienes establecen las políticas acerca de la creación literaria, su difusión, promoción y retribución, conocen perfectamente sus fines. Yo llamaría a Amador Hernández a no engañarse en ello. Que del libro cubano se destaque de modo tan persistente su condición de renglón subsidiado no es únicamente una limitación económica, también es un gozoso ejercicio de control. Quien te escribe trabajó cuatro meses como estibador del almacén de la Distribuidora Nacional del Libro en Autopista y Calle 266, La Habana, y vio una inmensa nave colmada de ejemplares desde el piso hasta el cuarto nivel de estanterías, y la principal labor de ese período de cuatro meses, que concluyó en septiembre de 2011, fue organizar la recogida de esos libros, su registro y empaquetado para embarcarlos en las bodegas de cargas de unas rastras con destino a algún distante lugar, creo que otro almacén, en la región oriental del país; un estibador no está al tanto de tan finos detalles. Eran libros que no se vendieron. Miles de libros que no se vendían, algunos tan antiguos como 18 ejemplares de la novela Dos viajes, de Víctor Agostini, publicada por Ediciones R en 1965: guardo un par de listados de aquellos.

Estoy seguro de que esta experiencia es común para Amador Hernández y muchos de otros escritores: pasados dos o tres años de la publicación de un libro, aparece un interesado en el propio país o alguien del exterior que acaba de saber del título, y usted no tiene modo de hallar dónde conseguir un ejemplar que a lo mejor lo está pidiendo un académico para algún tipo de estudio, o un colega que escribe un ensayo y necesita un argumento, un dato, que su poema o su cuento, o la novela tal le brindarán, probablemente. Algo que, egos aparte, completa en mucho el sentido de dedicarse  a una obra, que es crear conocimiento. Y no halla dónde comprar ese ejemplar y donarlo, y transcurridos dos años, sus amigos y compromisos profesionales no le han dejado a usted uno solo en casa. Esos no  son libros que se queden en el Almacén de Autopista y   266 para viajar luego por los caminos de la Isla, porque el inmenso almacén es necesario para recibir la producción que se expondría en la próxima Feria y lo que luego retorne como productos no vendidos.   

Hablamos de libros que no se detienen en un almacén, que no  duran dos Ferias, a no ser que algunos Centros Provinciales del Libro y la Literatura retengan un par de docenas de ejemplares para presentar en el evento del año que viene una oferta de títulos atractiva y suficiente para las correspondientes evaluaciones... pero que sólo excepcionalmente serán reeditados. No creo que los problemas de este sector de la creación nacional sean exclusivamente “periféricos”. Si el análisis del mensaje de Amador Hernández durara lo suficiente y contara con manifestaciones sinceras de las experiencias de unos cuántos, incluso –mejor todavía- las de criterios contrapuestos, va y les estaríamos brindando un servicio a los futuros literatos del país. 

Del mensaje de este admirado amigo de Calabazar de Sagüa, esta vez sólo voy a  comentar estas líneas:

“¿De qué vale que un país haya dado la posibilidad de que tantos cubanos, más de los que en realidad se promueven, sean escritores si no puedan publicar sus libros porque los insumos de papel y otros accesorios están en déficit casi permanente?”.

Un país puede darte la posibilidad de acceder a una enseñanza de mayor o menor calidad y cada cual tendrá de tal oportunidad el aprovechamiento que su motivación e inteligencia le permitan. Un país puede crear médicos, ingenieros, maestros, periodistas... Sólo desde la sensibilidad personal surgen escritores y verdaderos pintores, músicos, creadores de arte, y una sociedad con sentido de futuro debería preservar esos valores que de modo genuino le pertenecen. No es este el mismo país que aquel otro, pero en el envés de la historia presente surgieron Onelio Jorge Cardoso, Félix Pita Rodríguez, Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante, Dora Alonso, ¡Rolando Escardó! Y de este lado del calendario, tenemos a Leonardo Padura, Guillermo Vidal, Miguel Mejides, Ena Lucía Portela, Margarita Mateo  Palmer. Y usted. Lo que el país puede hacer es dar cabida a la producción intelectual y artística con mayor o menor autonomía, mayor o menor espontaneidad, permitiendo que la sensibilidad de los hombres y mujeres de letras modele una expresión de la nación para su tiempo, o haciendo que esta expresión se encamine hacia moldes prescritos.

Voy a poner aquí el punto de este texto, que asume la existencia de un conjunto más extenso de problemas por examinar. Bien a la vista queda, como tema que tendría que ser objeto de un examen particular y documentado, la relación entre condicionamientos materiales de la industria del libro y decisiones respecto a lo que se publica y promueve, a que parcialmente aluden las líneas copiadas del texto de Hernández. Es preferible que vayamos por partes, que dialoguemos en torno a unos pocos elementos  cada vez, porque, como lo vemos hasta aquí, Amador Hernández nos ha permitido expresar lo que constituye la punta visible de un témpano cuyos restantes siete octavos no están ocultos bajo el agua, sino apenas disimulados bajo una capa de tensiones cotidianas, porque cualquier escritor conoce una buena parte de ellos o  todos, sin más. Tengo en mente elementos que de la misma página de Amador Hernández nos piden debatir, y otros que duermen en archivos personales, acomodados ahí para ayudar la memoria, por si acaso.

© Ismael León Almeida (2019)


Aquella amarga política editorial que nos sigue humillando…

Por Amador Hernández

La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo… (Don Quijote de la Mancha)

Releyendo algunos pasajes de la monumental novela cervantina, el fragmento anterior vino como anillo al dedo para este comentario. Ciertamente, la política que sigue hoy el Instituto Cubano del Libro en cuanto a evaluación y publicación de libros solo puede explicarse en la paradoja quijotesca: la razón de la sinrazón. ¿Cómo se entiende que una editorial y su Comité de Lectores ofrezcan una evaluación positiva, que aprueba la publicación de una obra, y, así de sencillo, le comuniquen al autor: su libro está aprobado, pero no entra en el plan? Entonces, ¿para qué demonios se aprobó? Si alguien de los directivos cree que esa respuesta hace feliz a un autor, él vive muy lejos de la realidad; es decir, vive en la suya, en la que se inventó para ejercer el poder, que yo califico de arbitrario y de una insensatez de marca mayor.

Según recuerdo, cuando hablé sobre ese problema que hemos sufrido los escritores y seguiremos sufriendo, principalmente los de la periferia, un exdirector de la editorial Capiro aclaró, en esa reunión, que esa fue una idea del Sr. Iroel Sánchez, en su época de presidente del ICL y que, lamentablemente los que le han sucedido en el poder, continúan aplicando. Yo quisiera, honestamente hablando, que alguien me diga para qué sirve la Uneac, sino es capaz de resolver un desaguisado tan simple y tan destructor como ese, que afecta a tantos escritores de la isla, fronteras adentro. Es triste vivir para ser testigos de que cómo políticas desatinadas como la de arriba mostrada sigue encontrando terreno fértil. ¿De qué vale que un país haya dado la posibilidad de que tantos cubanos, más de los que en realidad se promueven, sean escritores si no puedan publicar sus libros porque los insumos de papel y otros accesorios están en déficit casi permanente? Y la pregunta del millón: ¿En cuál editorial cubana publicar si casi todas padecen de la misma enfermedad y con cierta cortesía te devuelven el libro e incluso te proponen buscar otra editorial pues en esa no cuentan con recursos para cumplir tal o más cual plan?

Alguna vez avisé en un artículo, publicado en la revista Umbral, y que levantó ronchas, del peligro de que los cubanos de adentro no encontráramos dónde publicar, pues venderíamos nuestras obras a los mejores o peores postores, y nada se hace por resolver el problema. Libros y otros géneros del arte, que debían formar parte del patrimonio de la isla, se fugan como el capital en los países del tercer mundo. No quisiera pensar que el universo editorial cubano esté bajo la responsabilidad de intelectuales, formadores de pequeños cenáculos o grupúsculos de amigos, socios, ambia, que a la vez que son retribuidos retribuyen favores gracias a sus alcances de poder: viajecitos, invitaciones por cuenta propia, publicaciones al por mayor, etc., etc., etc. Habrá que estar bien atentos entonces a esta plaga antes de que el fango nos cubra la cabeza.

Aquella política, creada a la sazón por Iroel Sánchez, hay que borrarla de una vez y por siempre, pues deja profundas heridas en los escritores, que luego serán difícil de subsanar. Un Comité de lectores (X) aprobó el libro, pero quién puede asegurar que el del próximo año, cuando el libro vuelva a pasar por el proceso, no lo demuela o no vuelva a formar parte de la caterva de los que no entran en el plan.

¿Nunca, amigos, habían chocado en vivo y a todo color con una de las peores manifestaciones de la burrocracia? Pues ahí la tienen, vivita y coleando.

Regreso a mi genial tarado del Renacimiento Español: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo…

 

 

CINCO DÍAS EN TERRITORIO DE SAPOS Y CHIVOS

 

CINCO DÍAS EN TERRITORIO DE SAPOS Y CHIVOS


E

n Calabazar de Sagüa estábamos, averiguándole los jugos de la tierra que nutrieron la prosa que se junta como versos al oído, del cuentista Onelio Jorge Cardoso. Y fue en los mismos días en que la prensa difunde la noticia: las parrandas de la zona centro norte  de Cuba, un territorio que abarca 18 localidades parranderas en las provincias de Villa Clara, Sancti Spíritus y Ciego de Ávila, acababan de ser reconocidas en la Lista de Patrimonio Mundial Inmaterial de la UNESCO.

Directo a territorio Sapo seríamos atraídos por  personas que ayudaron a organizar la visita, no por parcialidad intencionada, sino porque solo había dos opciones para ser habitado aquel viejo pueblo en los días finales de noviembre: del puente del río hacia occidente y caminos por calles de Chivos; o desembarcar por la parte oriental de la avenida Central Este y quedarse por su lado, como fue el caso. Sapos y Chivos se arman de pasión cuando llegan las fechas, que no tienen al parecer un momento fijo en el calendario, desde que acopiar los medios para festejar en grande se convierte en un reto, tal como se pudo ver.

Después de dejar la mochila en la habitación verde que había sido asignada al reportero, vamos a conocer a Damarys Alonso, la propietaria del hostal donde se va a residir estos cinco días. La casa, apenas a media cuadra de distancia, se halla en una esquina y su portal en ángulo hay paneles con relieves de elefantes, farolas y una cúpula en fase de ser cubierta de papel dorado, elementos todos de una carroza en construcción para las venideras parrandas.

Estaba en la lista de comensales de la propia casa de la dueña, donde asimismo acudían los trabajadores que se hallaban a cargo de la construcción de una gran carroza para las parrandas de Calabazar de Sagüa, que serán en estos días. Resulta que el esposo de Damarys, Miguel Jiménez Rodríguez, es el presidente del barrio de los Sapos, y ella es una especie de funcionaria comercial del equipo de trabajo, que si tiene que recorrer medio país en busca de unas planchas de madera, pues lo hace, y la madera llega para construir esas fantásticas escenografías rodantes que, más tarde supimos, son las carrozas.

 

 

Parrandera de carroza a los nueve

2 Damarys Alonso Martínez salió a los nueve años en una carroza. El padre era y es de los Chivos. Ella está casada con el hombre que es presidente de los Sapos desde hace tres años. Mujer enérgica y sonriente, no se detiene en el día; viaja en busca de soluciones lo mismo a la inmediata Encrucijada, centro administrativo municipal, que a distantes extremos de la larga isla que habitamos los cubanos. Dirige un hostal que es nuestra casa en aquellos días, da órdenes al equipo de carpinteros y decoradores que construye la carroza de este año, negocia con abastecedores de productos para alimentar al extendido equipo de trabajo...

Las parrandas han estado bajo la responsabilidad formal de varios organismos: Servicios Comunales, Empresas Mixta y ahora la cogió Cultura, “pero la parranda debía tener una entidad específica a cargo de su organización”. A nivel nacional, quien atiende esta manifestación cultural es Gladys Collazo, presidenta del Consejo Nacional de Patrimonio Cultural-  Hay un Consejo Nacional de Parrandas.

La forma de organizar una parranda tiene un poco el relente de viejas democracias: el barrio escoge por elección a algunas personas para que se dediquen a organizar las parrandas. En estos días, en Calabazar de Sagüa, el presidente de los Sapos es Miguel, y Damarys es la compradora, o sea, una especie de especialista comercial, si estuviera en algún sector de empresas: ella es la que busca todo lo necesario, hace las gestiones que hacen falta. Probablemente hay funcionarios de gobierno que no alcanzan a tener tantas obligaciones ni tanto nivel de actividad como estos organizadores de parrandas durante los días cercanos a los festejos de su pueblo. Y no es poca cosa, si es que alcancemos a entender algo que Onelio mostró en algunos de sus cuentos: El hombre siempre tiene dos hambres. La física, que viene alguno lleno de buenas intenciones y la llena; y la otra, que tiene que venir alguien muy sabio y saber cómo poner en cada corazón ese modo de entender. de alegrarse y esperar cada día... algo que la cigarra supo hacer a pesar de la persecución del alcalde. Supo el cocuyo con su luz decirlo: el canto es su trabajo.

― ¿Cómo empieza todo?

― Para comenzar, nos reunimos la directiva, que integran unas diez personas. Es una reunión interna, sin representaciones oficiales de ninguna clase. No se da a conocer nada de lo acordado. El paso inmediato es llamar al proyectista para darle a conocer el tema y nacionalidad que queremos para la carroza, y luego se redacta el texto de un “souvenir” con la leyenda de la carroza. La leyenda se graba en los estudios de la emisora radial CMHW por el locutor Samuel Urquía, de voz tan impresionante, quien viene al pueblo como locutor durante las parrandas mismas.

No tenemos a mano la leyenda de la carroza de este año en Calabazar de Sagüa, pero tomaremos prestado de Onelio el texto que él copió un día en Camajuaní, para que los lectores de hoy aprecien el estilo. La carroza llevaba el nombre de La reina de los mares o La fantasía marina, y el texto escrito por un poeta local decía así: “Del fondo de los mares surge un cortejo singular. En la apasible calma de su superficie, solamente turbada por las suaves brisas oceánicas, comiena a formarse un ligero oleaje, que al aumentar progresivamente su fuerza, sorprende a las gaviotas que suavemente vuelan sobre el mar, las cuales, rápidamente, se alejan del lugar por donde ha de hacer su aparición el espectacular cortejo que se avecina”.

Mujer enérgica y sonriente, no se detiene Dmrys en el día; viaja en busca de soluciones lo mismo a la inmediata Encrucijada, centro administrativo municipal, que a distantes extremos de la larga isla que habitamos los cubanos. Dirige un hostal que es nuestra casa en aquellos días, da órdenes al equipo de carpinteros y decoradores que construye la carroza de este año, negocia con abastecedores de productos para alimentar al extendido equipo de trabajo...

― Celebran parrandas en Cuba ―enumera―: Calabazar de Sagüa, El Santo, Encrucijada, Camajuaní, Vueltas, Taguayabón, Remedios, Zulueta, Buenavista, Caibarién, Punta Alegre, Guayos, Zaza del Medio, Yaguajay, Chambas, Placetas, Quemado de Güines, Falcón, Mordazo y Mayajigüas.

“Las parrandas se tratan de una competencia entre dos barrios: en muchos sitios se denominan Chivos y Sapos, aunque en algunos han adoptado nombres diversos, como los de  La Puya y El Perejil, en Quemado de Güines”. Damarys  Alonso no tiene que consultar un manual para recitar los detalles de una tradición que las personas de esta región llevan impresa en lo más hondo.

El festejo en sí no parece nada complicado. Se compone de paseo de carrozas, comparsa, fuegos artificiales y, al menos en Caibarién y Remedios, trabajos de plaza. El programa es de solo dos días de actividad, con una distribución de tiempo equitativa para que cada uno de los dos barrios contendientes cuente con las mismas oportunidades de mostrar sus creaciones y su entusiasmo. De este modo se lleva a cabo una primera parte denominada “Saludo de la tarde”, que si lo hacen los Chivos a las cuatro de la tarde, pues los Sapos salen a mostrarse a las seis. Más tarde, y en el mismo orden, corresponde sacar los fuegos artificiales, conga y comparsa, y el primero lo hará a las doce de la noche, seguido por el contrincante a las dos de la madrugada. En la jornada siguiente, mismo programa, pero alternan las posiciones de los rivales en las salidas.

Brillan los ojos de Damarys, adelantando la fiesta en su sentir: “Detrás de la comparsa desfila un pueblo entero vestidos con atuendos que los identifican: los sapos son verdes; los chivos, rojos, pero también se han usado otros colores predilectos”.

― ¿Cuesta mucho esta fiesta?

― No se sabe el presupuesto que lleva la celebración de una parranda ―responde―. Un dinero incalculable, y todo cuesta. Todo de lujo, cosas buenas, ¡cada cual quiere dar lo mejor: trajes de comparsas, farolas, banderas lujosas!

En cada ocasión se hace homenaje a personas destacadas de las comparsas que ya son fallecidos. Recuerdo haber asistido al velorio del padre de un compañero de trabajo de mi mujer, natural de Remedios, y de aquella ciudad espirituana llegó a La Habana una representación con el estandarte de la comparsa del fallecido, y como un honor que la familia apreciaba en grado sumo, el estandarte de la agrupación parrandera cubrió el féretro, con toda la memoria de los festejos compartidos la partida del compañero. Este año los Sapos de Calabazar de Sagüa recordarán a sus parranderos Tony, Antonio Carvajal, y Nana, Ana Luisa Paz Conde.

En lo alto del pretil de la bodega, en la esquina de la casa de Damarys y Miguel, un cartel advierte que nos hallamos en territorio de Sapos. Las inminentes Parrandas ponen en el ambiente una festiva rivalidad que suele llegar, en algunos casos de notoria pasión, a poner en silencio el trato entre una dama de estirpe Chivo y su esposo Sapo. A la hora del almuerzo, de la cena y sin dudas al disponer la taza de café con la que comienza el día de esta gente de antaño laboriosa, se extiende el manjar o el preciado y negro líquido, sin una palabra ni un gesto más que el necesario al hacer del día: lo que ocurra bajo el manto de la noche en privados recintos, queda en ellos, pero en días en que Sapos y Chivos se enfrentan, nadie inclina la bandera de su origen. Del puente al lado oriente de la ciudad pequeña todos son Sapos; hacia occidente, orgullosos Chivos. Estos han invadido la zona rival colgando el ostentoso anuncio de un próximo changüí en los postes del alumbrado de la avenida. Habrá que ver si no van los sapos al festejo, a fin de cuentas cuando se salda con todos sus fuegos, brillos y colores la parranda propia, dícese que en camiones alquilados van a los enclaves vecinos, donde la tradición apura sus otras citas en la faja central de las provincias de Villa Clara, Sancti Spíritus y Ciego de Ávila.

Andan todos  inmersos cada minuto del día en trámites y tribulaciones para la organización del festejo, porque en estos tiempos gastos y recursos dependen de la ayuda del estado. Y tuvieron un aplazamiento, del 15 de noviembre para el 8 de diciembre, y todavía prevén que el cumplimiento de la nueva fecha es inseguro. A la hora del almuerzo, se escucha bronco croar de sapos en el patio de Damarys: “Un dinerito que hace falta. Nos toca, pero no nos toca”. Las planchas de madera y la pintura, que urgen para la carroza; y el combustible, que es fundamental. “Esos tres temas. Si «ellos» lo hicieron o no, no importa. Nosotros no vamos a quedar a la par de ellos”. El patio es un cuadrado desbordado de plantas, buganvilias en tres colores diversos, malangas y otras desconocidas, con flores y sin. Un pozuelo tal vez ornamental o real, no se pregunta, entre tanto que hay que preguntar, su brocal de azulejos, y jaulas de pájaros en las paredes a las que hay que dar ración de millo y alpiste, cuidar de la frialdad y proteger del gato, que al fin cobra una víctima en audaz ataque.

 

El proyectista

3 Una carroza de las que salen al paseo en las parrandas de los poblados y ciudades del centro norte de Cuba es como un poema de Julián del Casal, bardo modernista del siglo XIX cubano. Léase éste, titulado “Los amores”, y tendrá exacta la impresión que causan en su sorprendente aparición:

Amo el bronce, el cristal, las porcelanas,
Las vidrieras de múltiples colores,
Los tapices pintados de oro y flores
Y las brillantes lunas venecianas.
Amo también las bellas castellanas,
La canción de los viejos trovadores,
Los árabes corceles voladores,
Las flébiles baladas alemanas,
El rico piano de marfil sonoro,
El sonido del cuerno en la espesura,
Del pebetero la fragante esencia,
Y el lecho de marfil, sándalo y oro,
En que deja la virgen hermosura
La ensangrentada flor de su inocencia.

Lier Domínguez Estévez gusta del brillo, el color, las fantasías. Fue niño en el poblado de El Santo, hacia la costa norte municipal, de familia parrandera hasta los tuétanos. Es el diseñador de la carroza que pasa poco a poco de un cuadrilátero de papel trazado a líneas de lápiz a la mesa de los carpinteros. Cuando la estructura no cabe ya en la gran nave, sacan una torre de madera a la calle enfrente y se le va viendo nacer la figura entre los listones de refuerzo. Un palacio será, una nave, tendrá elefantes o pavos reales, destellará, estará llena de bellas mujeres, de mancebos sacados de un cuento: el imaginario de esta tierra azucarera cubana podría enriquecer la vieja pasión de los poetas modernistas del siglo XIX.

4 La carroza que estaban construyendo en Calabazar de Sagüa tendría 75 pies de largo y 60 pies de ancho, pero no es la más larga que haya recorrido la calle Central de esa población villaclareña. La imagen y las leyendas en que se basan los diseños tratan temas fantásticos, buscan ofrecer a los espectadores una impresión deslumbrante: nutren su imaginación de leyendas del lejano Oriente: Japón, China, India, Tailandia... todos de mucho colorido. He hecho temas franceses, una cubana (Tropicana), otra inspirada en fondos marinos. Comienzo por algo que soñé o me imaginé, lo paso al papel, hago bocetos y trabajo en temas a pedido de los organizadores de parrandas, que hacen además sus sugerencias. Luego trabajan en la ejecución del proyecto varios equipos, que integran carpinteros, pintores de brocha gorda, electricistas, decoradores y pintores de arte.

Está en las parrandas desde 2010 Lier Domínguez Estévez. Lo primero fue ser  costurero; cada diseño de carroza requiere de un vestuario específico, ahora la ropa se alquila, antes se confeccionaba todo. El vestuario para estas representaciones es muy caro. Subraya: “Esto es lo que me gusta”, mostrando el croquis a lápiz donde comienza a tomar forma la idea y algunas fotos de sus creaciones, que guarda en el celular. Dice que se fija bastante en lo que se ha hecho antes para no repetir, para alcanzar el impacto de la originalidad. En estos años ha diseñado carrozas para las parrandas de Quemado de Guines, Zaza del Medio, El Santo, Calabazar y Camajuaní, con un total de 18 proyectos. Los títulos de algunas de ellas ofrecen una idea de la diversidad de temas y sus fuentes:  “Una noche entre mil con Sherezada”; “El regreso de Taro, el niño dragón”, inspirada en una leyenda japonesa; “Homenaje azul” fantasía cubana a la virgen de Regla; “A las glorias de Venecia”, “Por amor a Siva”, tema de la India; dos versiones de “El fantasma de la ópera” y “Amanecer en Sukotai”, del folklor tailandés. El proyecto actual, para las parrandas de Calabazar de Sagüa, se titula Ayutthya.

A mediados del siglo pasado, Onelio Jorge Cardoso escribió un reportaje titulado “Las parrandas de Camajuaní”, que salió en la revista Carteles y puede leerse en su libro Gente de pueblo, publicado en 1980. Aunque no es el mismo pueblo, todo lo que se lee en ese texto se parece, palabra por palabra, a lo que se ha visto y se escucha en Calabazar de Sagüa a finales de noviembre, lo que demuestra que se trata de una tradición muy consolidada en la gente de este territorio del país. Escribe, por ejemplo, el cuentista y periodista:

Hay que asistir a las fiestas de Camajuaní el diez y nueve de todos los marzos, no sólo para ver en las raíces del hecho, en lo básico de la tradición, la grandeza de un pueblo pequeño que da unas parrandas superiores a los carnavales habaneros y sin propagandas comerciales que se valgan de la fiesta para colar sus intervenciones de propaganda.

Y más adelante:

Dos meses antes de las parrandas salen a la calle los changüís con la doble intención de recordar la proximidad de las fiestas de San José, y de pedir dinero para el comité de su bando.

Luego, parecería que está hablando de alguno que hoy mismo hemos conocido, cuando escribe, con palabras que parecen ya las de El cuentero, o de “El caballo de coral”:

Entonces un Chivo glorioso, olvidándose de su saco y su corbata, sin espuelas de subir, trepó al poste de la luz y agarró los cables, sin pensar en voltajes, para levantarlo y que continuara la carroza su camino. Aplaudió todo el pueblo sin banderías, porque lo heroico y lo decidido es propiedad común del hombre.

 

«Miguelito ha unido a los Sapos»

5 Quien lo dijo fue Tato, un líder de las parrandas de Calabazar de Sagüa que cuenta ya ochenta años de edad. Miguel Jiménez Rodríguez es presidente de la parranda del barrio que queda al lado Este del río que cruza el pueblo como la línea de un meridiano. Si uno va a creer que la parranda es todo risa y jarana, entonces al principio no va a entender muy bien que quien dirige todo sea hombre de semblante serio, aunque luego entienda que no es lo mismo el momento de festejar que los días y días de asumir la responsabilidad de que todo se halle antes a punto y coordinado. Y comprende definitivamente cuando escucha su primera afirmación:

 

― Tiene que gustarte la parranda para ser un parrandero.

 “De joven estaba con mi barrio, ayudando, cooperando...”, dice. Los parciales de Los Sapos hablaron con él, porque era parrandero. Le dijeron que el barrio había decaído, y él aceptó el encargo, lo llevaron a votación y fue elegido.

― Asumí y hemos organizado las parrandas ya por tres años, tratando de rescatar a los parranderos viejos que habían sido excluidos. Todos están contentos y dando apoyo al trabajo de recuperación de las parrandas con todas sus tradiciones: las carrozas, las congas callejeras que llaman mucho al pueblo, para que salgan a la calle; las comparsas, que no existían, estaban obsoletas; los fuegos, muñecones y todos los atuendos, banderas, banderolas, farolas....

 “La parranda es el hecho más cultural que existe en nuestro arraigo en el poblado: es como comer, existir, algo que se lleva en la sangre. Ahora que las parrandas del Centro Norte de Cuba han sido incluidas en la Lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO tenemos que seguir mejorando esta tradición... Felicito por este logro a todas las parrandas cubanas.”

 

Tradición de más de un siglo

6 El padre de Fausto Santos Peñate, Tato, fue presidente de los Chivos en el año 1940, pero él es hoy mismo una de las figuras más renombradas de los Sapos de Calabazar de Sagüa. Dice que las parrandas de este pueblo se realizan desde 1912 o 1913, “Por ahí”.

― Las parrandas son un evento muy respaldado por la población... ¡hay que ver un changüí! Changuí es una conga que se toca y cientos de gentes salen bailando detrás por toda la calle. Se va al barrio contrario, para provocarlos. Salimos de “allá abajo” de junto a una piedra grande, damos una vuelta por allá arriba, por el policlínico...

Este nativo de Calabazar de Sagüa tiene sus ochenta años cumplidos. La familia de su esposa, Ana Luisa Paz Conde, Naná, era ferviente parrandera. “Ellos sacaban su propia carroza; el barrio sacaba la principal, pero había familias que sacaban las suyas, carrozas más pequeñas”. Vivía en el Purio, central azucarero, hasta que en 1959 se trasladó a Calabazar y se casó en 1963. Tractorista y mecánico automotriz. Trabajó por más de una década en el contingente de construcción Abel Santamaría en el balneario de Varadero, Matanzas. Cogía vacaciones para venir a las parrandas.

― La fecha específica de la parranda del pueblo era el 24 de junio, patrón de Calabazar de Sagüa, pero oscilaba, de acuerdo como estuviera el poder adquisitivo; siempre duraba un sábado y un domingo. Por ejemplo, cuando su padre era presidente hubo una ocasión en que tuvieron que celebrarla un 12 de diciembre; fue cuando sacaron la carroza La Sonatina, de Rubén Darío, que yo volví a hacer años más tarde, y tomaban parte de la coreografía un grupo de bailarines negros con taparrabos y lanzas y el frío de ese día los tenía temblando.

 “Al principio se recogía dinero en una alcancía y se recogía dinero en la calle.

Cada barrio organizaba su verbena. Una vez plantamos en el parque una cabañita criolla; en cada ocasión se vendía lo que se pudiera: pan con puerco, empanadas, croquetas, ron, cerveza. En cada bar y en cada tienda ponían alcancías para recoger dinero para su barrio. ¡Hasta en Viana hicimos verbena para recaudar fondos! Antes había que buscar el dinero para organizar la parranda; los productos eran más baratos que ahora; un cono de diez voladores, por ejemplo, valía un peso y diez centavos.

“Yo iba detrás de las parrandas que celebraban en los otros pueblos. En el barrio alquilábamos un camión e íbamos para las de Camajuaní, Remedios... Conocí Cuba por las parrandas; desde Pinar del Río a Santiago de Cuba caminaba yo, buscando cosas que hacían falta para organizar las parrandas. Después las pasaron a ser atendidas por Servicios Comunales, pasó a continuación a una Empresa Mixta de Servicios y ahora es el sectorial municipal de Cultura el que está a cargo”.

 “Casi siempre se traen de fuera carpinteros y electricistas. Las primeras se alumbraban con una bombilla grande. La primera carroza con juego de luces se llamó “El vendedor de abanicos”, que la construyó Jorge Enrique, que lo trajo el proyectista Roberto Prieto, ¡uno de los mejores de Cuba!, que por muchos años estuvo a cargo de esta función en Calabazar de Sagüa. Era un dentista de Encrucijada que llegó a hacer diseños para el ejército en La Habana. Hizo “Alí Babá y los Cuarenta Ladrones”, la carroza más linda que he visto yo; tenía 130 pies de largo y ¡era una cueva!”

Faltó al reportero asistir a la parranda misma, pero de ver lo visto y hablar con aquellos que construyen la fiesta queda pensando el que estuvo de paso por Calabazar de Sagüa que Onelio tuvo de donde beber la fantasía, y esa idea de las dos hambres que ilustró en cuentos antológicos.

© Ismael León Almeida (2018)

7

¿SABE USTED DEL GRANADILLO?

 

¿SABE USTED DEL GRANADILLO?

— Al Purio. ¡Hay que ir al Purio! ―. Esta idea lleva usted en la cabeza apenas levantarse, el penúltimo día de estancia en el pueblo de Onelio. Era la fecha anotada en el programa de trabajo del viaje para explorar el estero del Granadillo. Porque, ¿de qué otro sitio pudo sacar Onelio su mirada tan precisa hacia el mundo de aguas que hay en sus cuentos? La intención no prosperó esta vez. Ninguna de las personas consultadas daba crédito a la posibilidad de hallar en el apartado lugar alguna evidencia del antiguo embarcadero y su inmediato asentamiento humano. Entonces nos acercaríamos hasta el Purio, a que nos contaran, pero antes recorreríamos Calabazar de Sagüa pidiendo información.

 “Manigua y caña”, es todo lo que va a encontrar, decían. Y encima, ninguna seguridad de hallar un medio de transporte que garantizara la ida y sobre todo el retorno. Apenas descender del ómnibus interprovincial, se escuchaba que dos hombres del lugar hablaban de pesca y les preguntó acerca del Granadillo, y ellos insisten en lo deshabitado de aquella zona, aunque a veces algunos pescaba allí en una balsa o en un chapín. Se cogía sábalo. Como si la casualidad quisiera meterse en la conversación, en ese mismo instante pasó uno con cuatro robalos bastante decentes colgados del timón de una bicicleta. Pero en vano ilusionarse, porque los del pueblo pescan en la playa El Piñón, que es donde tienen las embarcaciones. Sí, hubo un tiempo que en Granadillo tuvo puesto de guardafronteras, pero luego lo quitaron. En cierto momento, aquello fue una especie de  corredor migratorio hacia los Estados Unidos, comenta otro, hablando de tiempos complicados.

Fuentes de información geográfica cuya autoridad nadie ha puesto todavía en duda, no obstante considerar algunos controvertido el saber de la época en que las publicaron, se refieren de manera escueta, pero indudable,  a ese rincón de la tierra villaclareña. Se lee en una de ellas: “Granadillo. Geogr. Estero que se forma en la desembocadura del río Caonao como de unas tres leguas de extensión y de tan poco calado que sólo es navegable para lanchas y pequeñas goletas. No ofrece abrigo. Costa N. del TM. de Calabazar de Sagüa, (LV). Por este lugar exporta sus productos el Central Purio con el que se comunica por un FC. privado” (Luis J. Bustamante: Enciclopedia Popular Cubana. Cultural SA, La Habana, 1942, tomo 2, p. 228). Entretanto, el compendio titulado Cuba en la mano, que publicaron en 1940, precisa en su página 73, acerca del mismo toponímico:  “Embarcadero en la costa norte de Santa Clara y en el TM de Calabazar de Sagüa, a la orilla derecha del río Caonao, y a poco más de 3 km de embocadura del estero del Caonao. Está habilitado para el comercio de cabotaje y es bastante concurrido. Forma un pequeño caserío”.

2 En una de las conversaciones con Fabiola a la hora de la comida, mientras la convencía usted de que se dejara fotografiar por la mañana para el reportaje, exteriorizó su desencanto por no poder ir al Granadillo. Ya había hecho el primer sacrificio al salir de La Habana, dejando los avíos de pesca para no comprometer el trabajo de investigación con los intereses recreativos. La buena profesora escucha y recomienda: “Vaya a ver a Alberto Morales de mi parte”. Santo y bueno, e igual santo y seña, porque decir que se viene de alguien conocido abre un portillo a la confianza en cualquier parte.

La vivienda es una de esas grandes y viejas casonas de mampostería de la parte más antigua de Calabazar de Sagüa y esta queda en la primera cuadra de la calle 3ra del Sur. Hay un lada blanco fuente a la puerta y eso significa visita, y está en efecto reunida la familia en la sala. Se disculpa el recién llegado y ofrece volver en momento más oportuno, pero insisten en atenderle. Alberto Morales está sentado en una butaca rodeado de señoras, sus hijas, al parecer. Tiene 90 años y fue militar, alguien sugirió que oficial de cierta graduación. Su memoria es lenta ya por la edad, pero recuerda. Al mencionar el Granadillo, una de las señoras se pone a comentar sus recuerdos del lugar; algún paseo por la orilla del estero. Había unas quince casas allí, dice. El anciano, ojos abiertos de atención, sigue el tema. Aprovecha el que pregunta para ver si puede decirle algo de la casa de la finca La Rosa del Capitán. Resulta que es allí donde ellos vivían, en “Rosa Capitán”, como le dicen. Confirma que era de dos plantas, pero no logra dar otros detalles. Pausa de un instante como quien trata de concentrar sus recuerdos y entonces termina la idea: “y detrás el barracón”.

― ¿Era donde vivían los cortadores de caña en tiempo de zafra? ―, intenta el visitante, como quien echa un lazo al recuerdo del otro para que no escape.

― Ahí, donde ellos vivían ― confirma. Luego agrega que los pobladores de aquel lugar se dedicaban a la siembra de caña y la cría de ganado. “Arroz no”, dice Alberto. Porque el arroz fue él mismo quien empezó a sembrarlo.

La hija que lleva la voz cantante ― que parece como si en toda familia donde los padres envejecen hay una hija que está a cargo―, guarda la tarjeta con los datos del visitante, que se despide. Con suerte, el correo traerá algún día información o alguna vieja foto del Granadillo, volviendo real lo que imagina el que no pudo estar por su rumbo.

Cuando se hablaba del tema con Fabiola estaba por allí un joven trabajador del hostal y comentó que su abuelo había vivido muchos años en el Granadillo. La tarde iba a acabarse en cualquier momento, imponiendo las rutinas a que la domesticidad acostumbra lo mismo a los de la ciudad que en los pueblos llamados del interior, pero se sube al lado norte del pueblo calle arriba, hasta dar, preguntando, con la dirección exacta donde vive Orlando Peraza Muñoz. Lando, le nombran sus conocidos y nació en un sitio llamado Morales, en el campo, que está exactamente a mitad de camino entre Calabazar de Sagüa y el estero. Ahora tiene 83 años y viviendo en la casa con su hija, Yulia Peraza, dirigente sindical, y el nieto dicho, llamado Johan.

Tenía cinco años de edad cuando sus padres decidieron dejar Morales y asentarse en Granadillo, donde Lando Peraza viviría casi toda su vida. Ellos tenían una finca de 13 parcelas de 405 cordeles (1 cordel = 24 varas cuadradas) para la siembra de arroz y la cría de ganado. Ahora posee las tierras de las dos familias y solo ganado es lo que tienen allí, atendido por un hijo, Fernando Peraza, que vive en la casa de al lado.

3

― Allí no quedan restos del muelle, nada. Poco que ver allí ahora, donde había caserío de pescadores y carboneros. Casi todos allí eran familia: los Consuegra, los Montera, los Peraza, los Torres, los Morales... Nativos, criados de allí―. Menciona con un punto y aparte a Alipio Martínez Vega, pero pasa el nombre y no atina mientras toma algunas notas a preguntar quién era aquel por el que nombraron a un canal, “el canal de Alipio”, aunque no serían pocos los canales con nombre donde esas venas de agua, abiertas a mano para llegar a la base de los troncos destinados al hacha y hacer vía por donde llevarlos al horno. La prisa es porque la tarde es corta y ya está contando de lo que vivían las gentes allí: pescaban, hacían carbón, cortaban leña para el ingenio durante los meses de noviembre y diciembre, y criaban vacas, carneros, chivos, gallinas, caballos...

Recuerda la finca La Rosa del Capitán, habla también de la casa de dos plantas, que tenía la parte de abajo destruida. Todavía existe el terraplén, asegura, muy cogido de aroma. Después que triunfó la revolución la gente se fue mudando de allí, fue mejorando, dice también. En aquel lugar no había corriente eléctrica, tenían que comprar los mandados en una bodega del Purio. Hubo un puesto de guardafronteras que más tarde quitaron y trasladaron para la playa El Piñón el embarcadero de pesca que allí había. Precisando el asunto de la pesca, dice:

― Tenían barquitos de motor y alguno de vela. Se cogía buen peje de color, pargo, cubereta, caballerote. Se traía al pueblo a vender porque todos los días entraba una “chispa” allí ―. Esa “chispa”, sabemos, es un carrito de línea de ferrocarril, apenas una plataforma chica, cuatro ruedas y un motor. Bien habría al que hizo el viaje para no dejar de ir al estero, por poco que hubiera que ver.

Tarde de sol cansado viene cayendo, pero aún se irá a tocar puerta en la casa de al lado, donde vive el hijo. Viene amable el hombre que está ahora a cargo de las tierras de la familia y atiende al periodista, que es oficio que todo el mundo le atribuye al visitante. Sin extender éste el diálogo, en cortesía a que es hora en que la gente se recoge a la vida de familia, a un paso de sentarse a la mesa y a otro de prender los televisores para el asueto de la noche, se tiene no obstante la promesa de llevarle a usted al Granadillo cuando haya un nuevo viaje. Entonces trae de donde lo guarda hace tiempo un recorte de periódico que habla del embarcadero del Granadillo. Es un artículo redactado a partir del libro Memoria histórica de la villa de Santa Clara y su jurisdicción, publicado por Manuel Dionisio González, y por él se llega a conocer que la ciudad mencionada en el título, tras sucesivas pérdidas de ricos territorios de su antigua influencia debido a divisiones político administrativas, reclamaba a comienzos de 1848 el estero de Granadillo para disponer allí de un puerto propio, pretensión que generó pugnas con Sagüa la Grande, la nueva tenencia de Gobierno Político Militar cuya formación decretó el capitán general Leopoldo O’Donnell en 1844, por hallarse el estero en su jurisdicción territorial (Luis Machado Ordaz: “Escudriñando archivos (20)”. Vanguardia, Santa Clara, 17 de marzo de 2012, p. 3).

De manera que saber, lo que se dice saber, algo ya se iba conociendo de aquel sitio donde algunos testimonios ponían buenos momentos de la infancia del cuentista, recorriendo con libertad el territorio hacia el mar, donde la monotonía de los cañaverales iba a romperse entre los manglares llenos de aves y sospecha de cocodrilos, donde aparecían otras gentes de muy diversa humanidad, entre el embarcadero con su movimiento en tiempo de zafra y los carboneros adivinados en su encierro del bosque por el olor de la quema y el humo que subía entre las hojas hasta difuminarse por encima de las copas. Asistir una y otra vez a la partida de los barquichuelos de los pescadores, perdiéndose en las curvas del estero, hasta tener edad para que el padre consintiera llevarles a los cayos, en el límite allá afuera. De allí, viene de la vivencia de ese trozo de mundo incontaminado, visto en la edad de los recuerdos imborrables, donde pudo llegar a su sensibilidad el único fragmento de texto esperanzado y puro, para ponerlo luego en medio de uno del que tal vez sea el más cruel de sus cuentos, “Hilario en el tiempo”:

¿Y si fueran los buenos recuerdos que tienen que ver con el río en el verano, el agua fresca, los mangos, los aguacates lustrosos donde da la luz y brilla mojada, o aquella otra vez del mar cuando el padre ―después de halar y halar― vino a ponerle delante el primer pescado grande y vivo, soltando chispas de agua de oro, coleteando enloquecido? (356).

Cuando menos había que ir al Purio, o central azucarero Perucho Figueredo, que es lo mismo, en término de direcciones, aunque la población sigue el antiguo nombre y queda el del bayamés patriota y venerado autor del himno nacional para la industria del lugar. Y se fue al Purio una tarde en un ómnibus pequeño y bien repleto. Como son solo cinco kilómetros, en minutos estaba calculando en cuál de los cinco o seis edificios de apartamentos a la vista viviría Enrique Consuegra, de quien esperaba usted más noticias sobre Granadillo, porque una buena amiga, Basilisa Montera, que alentó al autor a no renunciar a su viaje entrañable a Calabazar de Sagüa, le habló de éste, su primo, como de un antiguo pescador que por la orilla del estero vivió bastante allí y sabía lo que había que saber.

4 Fácil fue encontrar a Enrique Consuegra, aunque no vivía donde se creyó, sino en una casita de mampostería con su mujer, y por suerte estaba en casa, reposando el mediodía. Tiene sus 72 años de edad, que no se echan a ver en hombre que trabaja con los brazos, y más si mucho del tiempo se pasa respirando el salitre. Y sí, sabe del Granadillo como si le llevara escrito en unas cuartillas muy ordenadas y releídas de tanto en tanto. 

― Por Granadillo embarcaban el azúcar y las mieles producidas en el central azucarero Purio. Las exportaciones se realizaban en sacos de 13 arrobas (325 lb.) y 10 arrobas (250 lb.), que llegaban por la línea de ferrocarril perteneciente al mismo ingenio y en el embarcadero las montaban en las patanas; había dos para el azúcar en sacos, que estaban a cargo de dos patrones de Isabela de Sagüa, Oscar y Trujillo, y una patana tanque para las mieles, mandada por Aurelio, que era de Caibarién. Los remolcadores eran el Silvia y el Magdalena, y había también una lanchita, que el patrón era Machín.

Más que familiar tiene que resultarle a Consuegra la vía de agua que entre manglares sale a la bahía interior que en el límite del horizonte apenas deja ver los cayos que la limitan.  “El canal del Granadillo tiene unos 12 km y demora más o menos una hora atravesarlo en una lancha a motor, yendo a una velocidad de unos 7 nudos”, dice, y se le puede entender porque se ha llevado a la mesa donde se conversa un croquis hecho a partir de un buen mapa. Agrega el pescador que las patanas tomaban rumbo por Cayo Alto y trasladaban el producto hasta un buque mercante que fondeaba en la Boya 19, “La Lumínica”, frente a cayo Inglés, donde había 18 brazas de profundidad.

― Este embarcadero estuvo activo hasta que los embarques de azúcar comenzaron a hacerse a granel, después de 1959 ― dice Enrique Consuegra y mientras anotamos se adelanta a la pregunta que ya venía ―: Cerca del embarcadero había entre veinte y veinticinco ranchos de yagua, incluido el mío. Los habitantes de ese lugar eran pescadores, carboneros y cortadores de leña que utilizaba el central para levantar presión al inicio de la zafra.

La detallada crónica de su terruño que lleva en la memoria este pescador abunda en detalles que sorprenden mucho más que si la suerte le hubiera deparado a uno el hallazgo de un ordenado registro notarial con las mejores respuestas del tema buscado:

“Los montes de Granadillo, donde se cortaba la leña y se hacía el carbón, se hallaban bajo la jurisdicción de la Marina de Guerra y estaban arrendados a dos contratistas” ― explica. El arrendatario del lado izquierdo, occidental, del canalizo, era Francisco Pancho Moreno, y el de la derecha, o sea, la banda oriental del estero, Tiburcio González, alias Pelo Malo. El carbón se hacía en el mismo poblado o en la boca del Granadillo. Ellos negociaban con el arrendatario de los montes la madera para los hornos de carbón y luego le vendían el producto a ese mismo individuo. La leña era para el ingenio, al comenzar la zafra, cuando todavía no había bagazo suficiente para quemar en los hornos y darle presión de vapor a la fábrica.

Cuando llegué al rancho, Martínez estaba recontando lo dicho:

― Le dije: don Bruno, hace veinte años que trabajo para su corte. hora necesito un horno de yana para nosotros. Me miró hasta los pies, se quitó el palito de la boca y dijo:

― Pero amigo, ¿sabe usted lo que vale un horno de yana?

― Pregúntele al cayo si lo sé o no lo sé. (93)

La familia Consuegra vivía de la pesca; sus integrantes eran Felix, el padre, y María, la madre, con sus 10 hijos. Pescaban en una chalanita de 18 pies de eslora (unos 5 metros), que se movía a motor, o vela, o remo. Como avío usaban la pita y el anzuelo y la forma de pesca era a fondo, en los pesqueros de Cayo Alto, Veral (o Vaca?), Tocinera, Carenero, cayo la Vela, según lo pidiera la corrida. Las especies más buscadas eran el caballerote, el pargo, la cubera. Aquella embarcación tenía un vivero al que le cabían trescientas libras de pescado, o sea, tres cajas, o 12 arrobas, según la unidad de medida corriente en la época. Podían estar de dos a tres días en el pesquero y luego traían el pescado a Granadillo, lo cargaban en una “chispa”, para ir a venderlo al Purio por la línea de ferrocarril. El precio de venta de aquella época era entre 10 y 12 centavos por  libra. El más preciado era el pescado de color –el pargo criollo, la rabirrubia, la biajaiba- que valía 12 centavos la libra. El peje de casta costaba a 10 centavos por libra y eran el caballerote, figurinas, cuberetas, cherna, aguají, jocú; y el más barato era el pescado blanco: gallego, jiguagua, lisa, picúa, sábalo, etc., por el que se cobraba a 8 centavos la libra.

5 A los pobladores que quedaban allí les dieron casas y se mudaron al Purio o a un poblado nombrado La Sierra. “Yo vine por mis propios medios”. Vivieron los Consuegra en Granadillo hasta 1972, cuando se mudaron a Calabazar de Sagüa donde vivió hasta que fallece su primera esposa. Su padre tenía 73 años y la madre 68 al morir, ambos en el Granadillo. En el pobladito del estero no había corriente eléctrica, se alumbraban con  “chismosa” de petróleo o keroseno, y el agua del pozo era salobre. Para el transporte al Purio contaban con dos coches motor con bancos para los viajeros, llamados gascar. Los conductores eran Tomasito Peñate y Severo. Este medio de transporte lo utilizaban frecuentemente los cortadores de arroz que se trasladaban a diario a faenar en el mismo Granadillo o en Playa Piñón, Algodonera, Galdós, Corea y otros sitios.

 

Epílogo

Onelio Jorge Cardoso permanece afincado en la memoria colectiva de sus coterráneos, y esa espontánea vigencia es la primera razón a la que apelaría si alguien intentara generar acciones culturales a partir de los valores más auténticos de Calabazar de Sagüa. El pueblo, que no es tan chico y posee una población de apreciable nivel educacional, posee también condiciones a la vista para concebir unos cuantos productos turísticos atractivos a partir de valores naturales y, sobre todo la trascendencia de su legado cultural. Como un llamado de atención tal vez casual, uno de los días de estancia se vio a una pareja de cicloturistas extranjeros detenerse a almorzar en el hostal del centro del pueblo, como señal de que muchos más podrían pedalear por esa banda de la Isla, por lo demás en una posición intermedia entre dos importantes polos turísticos, a saber: Varadero y la Cayería Noreste de Villa Clara, con sus fabulosos y bien dotados Cayo Santa María, Los Ensenachos y el pequeño y prometedor Las Brujas.

La situación ambiental del río Calabazar merecería una atención a la altura de lo que la ciencia del país puede ofrecer. El territorio cuenta asimismo con la playa El Piñón, donde –ojo: sin menoscabar jamás el disfrute que tradicionalmente hacen allí los locales- puede que alguna oferta fuera posible para visitantes, sea en baños de mar, paseos litorales o excursiones marítimas. Estuarios como el Granadillo probablemente prometan ahora mismo pesca de avíos ligeros de aceptable calidad, para especies atractivas como el sábalo y el robalo, y observación de la naturaleza.

La decisión de 1976 de retirar la condición de municipio a Calabazar de Sagüa debió tener una razón muy poderosa, porque, leo en un libro de su historia todavía inédito, que tuvieron que dividirlo en tres porciones. De modo que motivo de extensión territorial no habría; tampoco en lo económico, que posee una larga evolución, como también puede leerse. Y en lo cultural, tanto como en el sentido de unidad y pertenencia de su población, algo se ha visto en las vivencias que hemos podido transmitir, de esta visita.

Desde la lectura de una obra que se adquirió por curiosidad en una librería, logramos entender en alguna medida la seriedad de los procesos de integración social que caracterizan las comunidades formadas y sostenidas históricamente. El libro se titula Hacia una antropología social urbana en Cuba, del autor Avelino Couceiro Rodríguez (Fundación Fernando Ortíz, La Habana, 2009) y, si acaso entendimos algo de ella, es el fatal error de quebrar de manera voluntarista lo que la historia y la convivencia se encargaron de configurar en las poblaciones. Si alguien lo necesita, obsequiaría con gusto ese ejemplar.

© Ismael León Almeida (2018)